
Si a vos ya ni te importa
esta hueca
marioneta
que remeda a un ser humano.
Imagen de Scott Radke, artista plástico cuyo trabajo va desde la escultura hasta el mural.


Querida Alicia:
Te odio.
Cartas q empiezan así tienen origen en un pasado sombrío. Ha de ser de demasiado amor nena, que se corrompe la sed de posesión y lo carnal de los inviernos. Su familia es una mierda total, tanta putrefacción ni el aire de méxico la soporta, es corrosiva, como su saliva, que se viene dentro y me incendia los círculos mayas inexorables que poseo; la nueva conquista arrasadora, huracanada con ímpetu de mares y continentes, así no se puede vivir reina, no se puede. Ayer vi otra vez el parque petrificado, arrastrando las hojas descendí en el fuego sangriento de sus muertes, pobres ellas encaminadas a mis suelas, en su muerte tan vana e insípida para los niños. He sentido el dolor de los pasos sobre ellas, muertas, muertas, muertas.... lleno el parque, retumbaba de silencio, y la voz suya parpadeante haciéndose pedazos en los faroles de las esquinas. Cuantas tardes me he sumergido bajo la tierra para gritar sin quebrar cristales, ¿Cuántas?.
Pero usted ha sido una mujer estúpida conmigo, fingiéndose muñeca. Yo abriendo mis brazos todos, le vuelco el mundo si quiere, pero arránqueme este delirio irónico que me resquebraja la sabiduría hermosa de la raza. Usted es como esas hojas... ya lo sabía ¿verdad?.
Entonces dése todo su esplendor con esas cadenas colgándole bajo los pechos de rosa y no permita que la bese otra vez, así se evita la culpa de mi suicidio en el monte.
Te odio, en este lenguaje de loco, adivine usted que significa.
Suyo, Rubén.

Despertar
Sentada,
a la orilla de sus labios…
Escribe su nombre
deslumbrante, misterioso, diminuto.
Atrapada,
se conduce hasta su luna.
Sus ojos acanelados, suplican ferozmente:
¡olvida cualquier cosa que signifique, distancia!
En silencio,
toma su mano alfarera
buscando su regazo:
un corazón late fuerte, muy fuerte.
Suspira,
las palabras se cubren de una luz boreal extraña.
Enmudecido,
apenas murmura promesas, vestidas de gardenias
en torno al alba que abrirá paso a la resurrección…
Ha despertado su corazón dormido.

-Alguien dijo: “Nostradamus mucho”
Así decidió, muy bien, que el alcohol sería mas fiel que lo que cualquier amigo custodio podía serlo. Es molesto eso de que a uno le hablen de la vida y sus decires, malos entendidos y golpes de pecho, cuando lo mas importante, en esa fracción delicada de tiempo, donde nada pesa como emocional ni hormonal, ni se justifica por que haya necesidad de hacerlo y las cosas fluyen por sí solas sencillas, viniendo sugestivas y dulces en el viento dispuestas a ser cogidas con ambas manos y con la pereza espiritual de reírse en vez de llorar, es aspirar suavemente el licor destilante de las paredes y de todo cuerpo animado o no que pulule alrededor de la hostia lumínica y central, la que obliga desde el cielo falso a desviar las miradas hacia los límites de concreto donde resbala la gente después de perder el sentido en un orgásmico exilio de la realidad.
Alonso estaba ahí, habló como pudo por teléfono. Su voz se rompía entre súplica y jodarria triste. Pero Oswaldo recordaba la soledad como la era propia para el nacimiento de nuevas margaritas de metal y carbón. El agua que humectó sus parpados antes de recorrer el camino sólido y nocturno para reabastecerse del mundo y de su humanidad indispensable, desesperanzadora, como los aniversarios de los cincuenta en adelante (cuando la vida es un rubro social camino a la caducidad) aún rebotaba hiriéndose en sus pestañas de niña, las que en el colegio le valieron apodos como “golondrinita”, que lograron acariciar los senos de Gisela a los quince, tan húmedas como aquel día, húmedas de algo mas que agua.
Alonso se derretía por la rubia de la barra, miraba constantemente su reloj que se rodeaba de líquido blanquecino, enrojecido, agrietado, violeta... con el cuerpo de la rubia rebotando en cada espejo del techo. Multiplicándose en un eco visual profundo y amanerado, se deshacía en éxtasis su aliento ponzoñoso que se pegaba ardiente, como un cigarrillo, en la piel.
¡Tequila!¡tequila!¡tequila!- la mara enardecida y se reía de tanta estupidez esbelta.
Mientras él se deleitaba en las morenas luces del espejo, Oswaldo se arropaba con un vodka en la mesa, disipando el frío de la inercia poética que lo acechaba en cada silla lumínica del bar. “Ah- decía en su mente, o lo leería posiblemente en algún pasaje extraviado de poeta- intrépidos mortales, a solas y a diestra con la muerte”. Y se ahogaba, se ahogaba, se ahogaba, el negro salmón entre la garra del oso.
Al otro sólo le tocaba esperar que llegara Rubén, con sus deseos reprimidos de tomar un café en casa, junto a su fiel oyente felino Belial, quien le acariciaba de vez en cuando los dedos con la lengua, como si se tratase de una amante de abriles.
Barrilete en llamas
Nunca falta quien exponga que es este el fin del siglo./
Nunca quien alce su helicóptero sobre el barrilete en llamas,/
o el último astronauta americano que en el contestador deja/
un mensaje a la amada que sucia duerme, en un cuarto sucio/
en el sótano del mundo y piensa, en un tal Roque Dalton/
que habita allá donde eran todos como niños con armas,/
cristales zumbando en los ojos de jirafas africanas, domesticadas./
Por el dolor mismo de esa amante mientras duerme, sólo puede/
soñar que robóticas ángeles, muertos, le dicen,/
nada hay que merezca esta pena, muchacha, Pero sí lo hay,/
ama al fuego como a nadie, y no teme quemarse,/
ni que todas las puertas de piedra la aplasten o los elefantes,/
o las secretarias que ven a Billy Graham anunciando/
la resurrección del zapato azul de Dios y aquella estrella maldita,/
quien entre más cercana a su astronauta, único caballero de los cielos,/
más maldita, más blasfema la estrella, más balsa inflamable/
surcando el sangriento océano de un planeta de gas neón, de muertos,/
cuyo color desconocemos los hombres porque ya estamos ciegos,/
ante semáforos y fábulas rabiosas que abren latas podridas ante ella,/
ante quién dice que nunca falta aquel que ponga su cabeza de cemento/
frente a una pequeña de pantalla de plasma y repita,/
vámonos del mundo, maldita sea, vámonos/
que para cuando el fin del planeta nos alcance quede/
sólo la vida y el deseo, y el resto infinito, en polvo, cenizas/
diciendo, nos sobra el dinero para todos los corazones del mundo/
no sobran los grandes sueños que no más ya ni un carajo, nos sobran./
Nos faltamos nosotros, amantes, astronauta y bella muerta/
bella abandonada en el amplio vacío de una tierra plagada/
de pájaros estúpidos. Me voy para siempre. Espérenme. Dijo./

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Las noches están hoy pequeñas y dormidas./
Donde sea, se baila la mano; despierta un poco, y se nutre, para abrir los ojos; y sonreír./
De lo grácil,/
se dobla y levanta despacio, pequeño./
Tu figura ostensible,/
tu talle delicioso./
Levántame, Cae. Pliega tus deslices hasta la punta; hacia el final delgado./
Se inclina tu lado; lo suave sabe verse en vos. En lo blando de tu propio ser; /
en la prominencia de tus líneas./
Vérsate durante el descenso de la tez. El cierre de tus pestañas, se asienta en lo /
impasible,/
en el tenue sonreír./
El arco despacio de dedos en tres. La punta de lado te reverencia, señor firme./
Hacia fuera sugieren las líneas:/
ángel de tarde, sol de hierbas./
Apto de luz; esbozo./